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Diego Sívori
06 de Abril de 2015

¿Por qué los chicos no comemos verduras?

Sólo superamos la revulsión a determinados alimentos si es más fuerte la necesidad de pertenencia. twitealo

Siempre me inquietó que todos los niños rechacen los vegetales. Es universal. O sea, no importa si nacen en Argentina, en Estados Unidos o en el resto del mundo. ¿Será que todos traemos algo de origen, cableado en nuestro cerebro, y por eso no comemos las verduras?. Metiendo la nariz en investigaciones que hicieron varios psicólogos que encaran nuestro cerebro como resultado de millones de años de evolución, encontré unas explicaciones muy interesantes que voy a contarte acá mismo.

Seguro que ahora no tendrías dificultades en decirme si alguna de estas verduras es peligrosa de ingerir: un brócoli, un zapallito, una calabaza. Claro, ninguna lo es. Pero, ¿qué pasaría si te pusiera en una misma ensalada hojas de rúcula, hojas de radicheta y hojas de ortiga? Se te haría más difícil distinguir la ortiga, que te provocaría un picor en la lengua y en los labios que mejor ni te cuento…

Ahora ponete en la mente de un niño chiquito: le resulta prácticamente imposible distinguir si cualquiera de todas esas verduras es peligrosa. No porque con intención esté pensando de antemano si comerlas es un riesgo, sino porque su cerebro ya viene preparado para sacar la conclusión de que todo eso vegetal y confuso que tiene adelante es potencialmente un riesgo.

Nuestro cerebro, el de todos, es el resultado de una larguísima cadena en la evolución de los primates. Porque somos primates, y hace más de cuarenta mil años vivíamos en la sabana africana. Desde esas épocas, y cientos de miles de años antes también, que venimos expuestos a hojas y a otras partes de plantas que suelen tener compuestos secundarios tóxicos.

Cuando somos niños nos pasa lo que le pasa a cualquier animal joven: nuestros hígados son menos capaces de detoxificar esos químicos. Un rechazo a tempranísima edad por las verduras puede protegernos adaptativamente contra el riesgo de envenenamiento. O sea, como diría mi abuela, la naturaleza es sabia.

Pero esta historia no termina acá. Hay una vueltita más de tuerca, que explica por qué incluso de adultos hay personas que no te comen una verdura ni en chiste:

Una antropóloga, Elizabeth Cashdan, demostró que la voluntad de los chicos de probar comida nueva se desploma estrepitosamente después del tercer cumpleañitos. Haciendo estudios sobre la emoción universal del asco, se dio cuenta que –para el horror de los padres que estaban mirando- los chiquitos menores de tres años son capaces de tomar un vaso de agua con un grillo flotando adentro o de comer un saltamontes seco con azúcar. O sea, son capaces de hacer la gran Marley cuando viajaba a Asia.

Pero cuando cumplimos cuatro años ya no lo hacemos más. Lo que significa, y acá viene la gran conclusión, que hay un período sensible de aprendizaje en la alimentación. Dura los primeros tres años de nuestra vida. Después de eso, sólo superamos la revulsión a determinados alimentos si es más fuerte la necesidad de pertenencia: probar cerveza en la adolescencia, probar pescado crudo en forma de sushi para impresionar en la cena con el jefe, etcétera.

Para evitar que los chicos crezcan sólo queriendo comer milanesa con papas fritas, tenemos que darles de comer desde la temprana infancia la mayor variedad de cosas posible y poner empeño en que no sólo coman papilla y leche durante ese período sensible. Incluyamos, por supuesto, verduras desde lo antes posible en la alimentación de nuestros hijos.

Imagen propiedad de: www.huffingtonpost.com.ca

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Federico Fros Campelo

Federico Fros Campelo

Es autor del libro El Cerebro del Consumo. Investiga los procesos cerebrales de nuestro comportamiento. Su libro anterior, Mapas Emocionales, fue declarado de interés científico de la Ciudad de Buenos Aires. #CerebroMasticable www.homosentiens.com.ar

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